Fulgor de luciérnagas / Glow of fireflies

Fulgor de luciérnagas

 

 

A continuación se publica uno de los capítulos de la novela "Fulgor de luciérnagas" en calidad de primicia:

 

1

 

 

ESA MAÑANA ME DESPERTÉ CON punzantes martillazos en la cabeza, pensaba prepararme un consomé como aquellos que levantaban muertos y curaban las resacas de los fines de semana luego de una noche de juerga. Mi boca pastosa, con una sed atroz y sin una gota de Gatorade en el frigorífico. Bebí con desesperación una botella de agua, un chorro se derramó y mojó mi camiseta.

 

Con la perseguidora corroyendo mi ánimo encendí el ordenador para revisar, como todas las mañanas, los diarios de Madrid, Lima e Isla Grande, era parte de la liturgia matutina y rutinaria que nos depara la diáspora. Ese ejercicio de ingenua omnipresencia, que restañaba, ilusoriamente, y por unos segundos, la brecha de la distancia.

 

La noticia que leí descepó el guayabo de la noche anterior. Ese repaso me dejó aturullado, grogui y en blanco. Me sumí en el piélago del desconcierto. Suspendí la computadora. La negaba obstinadamente. No puede ser, no puede ser, balbuceaba y repetía, mientras las molestias de mitra me hostigaban.

 

Transido por la noticia levanté como un zombi la persiana de la sala, corría aire fresco. Noté que las macetas de la terraza, por mi desidia, lucían amarillentas. Sin contar con las cagarrutas y plumas de palomas que no sabemos cómo combatir. Hacía semanas que no llovía, la sensación de la atmósfera cargada y contaminada flotaba en el aire. La afamada boina tóxica de Madrid en pleno apogeo, los ojos se enrojecían hasta escocerlos, seguro que se superó el baremo del ozono malo como dejaban caer las denuncias de grupos ecologistas.

 

Semidormido me puse la bata amarilla a cuadros de Marta y me repanchigué en el sillón azul. Su perfume natural y sudor me adormecía. Prendí el televisor y miraba el telediario, que mostraba las imágenes de hombres escuálidos y ojos desesperados, mujeres embarazadas y niños con rostros compungidos y de temor, arribaban al puerto de Fuerteventura en una gabarra naranja con el emblema de la Cruz Roja. En el puerto les esperaban enfermeros con mascarillas blancas cubriéndose la cara y guantes celestes, «llegan pateras con más de cuarenta ilegales», glosaba los titulares de las noticias la guapa periodista con cara de sueño y blusa verde. La cámara capturó la imagen de cuerpos muertos tapados con una manta de platino amarillo. La narradora de cabello corto leía con asepsia, no se inmutaba. Seguidamente, su compañera de lectura del teleprompter, de pelo teñido, con una sonrisa ensayada y con voz nasal, remachaba la invasión de los «sin papeles y cayucos a las playas canarias de los últimos días. Más de trescientos inmigrantes ilegales alcanzaron las costas españolas esta semana y serán repatriados a su lugar de origen».

 

Muy tocado y con el cuerpo desmarrido, saltaba de un canal a otro con el mando a distancia, pero la muerte en los montes pasaba inadvertida a este lado del charco, con rabia disparé, es la ineptitud del efecto mariposa.

 

El malestar aumentaba y mi cuerpo al ralentí. Puse por unos segundos mi cabeza en el congelador, viejo truco juvenil que acompañaba con una taza de café caliente. Me alivió unos segundos. Un amigo chileno celebraba sus veinte años fuera de Valparaíso con vino, tangos y grandes dosis de morriña. Manuel Henríquez era dentista y un voluptuoso bailarín de esa música porteña. Me aseguró que era buen vino. Fue una celebración discreta del vigésimo aniversario de su destierro en un restaurante peruano por la calle Amor de Dios, él afanoso de probar la ganada fama y fusión de la cocina peruana, como las delicias del lomo saltado, el ají de gallina y del tiradito. Comimos hasta reventar, no acostumbraba a cenar tantos platos en una noche y pedí para la digestión un mate de coca, que no me hizo puñetero efecto. Más bien, la tripa se puso como un tambor. En su casa escuché tangos y milongas escogidos por él hasta las doce de la noche.

 

La farola del alumbrado público junto a la ventana se mantenía encendida. Con el ánimo desmalazado puse la cafetera y bebí un yogur contra el colesterol que a las primeras de cambio me regurgitó. Lacerado por la resaca, volví al sillón, cogí una manta de alpaca y adormilé media hora frente al televisor, escuchaba de lejos la predicción del tiempo. Me desperté y fui a la habitación para llamar a Marta, que cargaba un mal despertar, no entendía de bromas matutinas. Se enfurruñaba. Me contestó con monosílabos. Gruñía antes de ir al trabajo, más cuando el jefe de la oficina sufría de una severa intoxicación de mala leche o de los colegas ineptos que tomaban la sopa boba antes que trabajar. El aroma del café inundó por unos minutos el piso.

 

Un ramalazo de impotencia me arredró al terminar de leer la noticia y, de paso, activó como un resorte sin control el recuerdo de aquella tarde cuando no presté auxilio a un cormorán guanero que se ahogaba tras arrojarle una piedra y se hundía en el mar de Pisco. Me carcomía y envenenaba despacio la culpa. El patillo chapoteaba con apremio, bamboleándose entre las olas. Mientras miraba azorado como era engullido por el océano Pacífico, sin reaccionar. Sin mover una pestaña. Una fuerza dentro de mí que no pude doblegar me impidió darle una mano. Me atenazó. Pensé que había superado ese trauma infantil pero sin querer supuraba. La noticia desclavijaba y volvía a remecer ese cepo del remordimiento.

 

Fue una diana emponzoñada lanzada desde los montes.

 

Me rempujaba contra mi mismo. Más cuando en la diáspora lastraba los autorreproches por mi salida intempestiva al exilio. Di un súbito portazo. Huí como un conejo asustado dando zancadas para respirar. Mi decisión parecía una ñoñería, «nos abandonas», me espetó el presidente del gremio de campesinos, triturando mi moral y querer forzarme a dar un paso atrás. Sí, los dejé porque no podía más, la chamba se me hacía cuesta arriba. Clamaba reposar en terrenos de barbecho. Si me quedaba, me agriaría más, me faltaba ese pelín de entusiasmo para encarar el día, la semana, el mes, el año. Era una decisión no fácil de explicar, «te vas cuando más te necesitamos», se agolpaba en mi memoria las frases en tono recriminatorio del secretario de la cooperativa forestal Uitoto cuando masticábamos coca en la maloca de Pucaurquillo, por el serpenteante río Ampiyacu.

 

El dardo montés me pillaba cuando, lenta y gradualmente, atinaba dar los primeros pasos luego de postrarme en el hollín de una baja laboral. Caminaba un poco torpe, renqueante. Con el miedo a trastabillar.

 

 

Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: